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Asumiendo la soledad y el vacío, camino a la aceptación
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Asumiendo la soledad y el vacío, camino a la aceptación

Después de la separación quedan dos caminos: hundirse en el dolor y no querer salir de allí rumbo a la depresión, o pedir ayuda profesional para recomponerse e iniciar una vida nueva; antes de volver a iniciar otra relación, es muy importante dejar un espacio de tiempo para el procesar el duelo y sanar, para no iniciar contaminados.

 

Los recuerdos de lo vivido en común, son abrumadores; se desea volver atrás, desandar los acontecimientos y hasta se sueña con modificarlos. En esta etapa puede surgir la idea casi obsesiva de pretender reparar, volver a empezar la relación, de mejorarla y retomarla, esos deseos niegan la realidad y en lugar de fortalecer, debilitan la voluntad. 

 

Hay cosas que jamás vuelven atrás, admitirlo trae un dolor aún mayor que el que se sintió al tener que separarse pero es necesario afrontarlo para no jugar con los sentimientos. El tiempo que dure esta situación de tristeza depende de cada caso, pero hay que aceptar que en mayor o menor grado esto le sucede a toda persona que se separa en más de una ocasión en la vida.

 

Supongamos un caso extremo: el de una persona que haya sido abandonada abrupta y sorpresivamente por su pareja, es natural que quede sumida en la soledad y en un vacío; si intenta negarlo, lo más seguro es que busque escapes ya sea en la búsqueda compulsiva de nuevos amores, de amistades o de aturdirse sin ton ni son. Quizás encuentre un fugaz consuelo, aunque esos sustitutos serán de corto alcance y no ayudan a salir del estado de tristeza, ante un panorama sombrío encaminándose hacia  la depresión.

 

En estos casos, si no se recurre al apoyo profesional, para la elaboración del duelo y la modificación de la conducta, las personas pierden autoestima, se sienten despreciadas y creen que el amor quedó vedado definitivamente, que nadie las volverá a querer. Surge el miedo de volverse a enamorar, quedando bloqueadas, fijadas a la experiencia dolorosa.

 

Los momentos de inflexión existen, y es allí cuando surgen las posibilidades de un cambio. Cumplida la etapa de duelo y una vez que la persona ha podido asumir y elaborar las frustraciones sin tratar de negarlas o de encerrarse en un caparazón falsamente protector, recobrará fuerzas, volverá a energizarse y retomará su camino.

 

Sin pretender borrar el pasado ya que no es saludable hacerlo, pero lo dejará atrás y no le impedirá mirar hacia delante, proyectarse en el amor y en la alegría de vivir.

 

Lo sustancial es que no se pierda de vista lo siguiente: la persona que padece una situación así, vive una crisis y de una crisis podemos salir fortalecidos. Una crisis es una etapa que nos empuja hacia el crecimiento.

 

Pasada la etapa de pesimismo, los recuerdos positivos reaniman y liberan, impulsando los deseos de volver a empezar y de disfrutar la riqueza del amor. Si la crisis ha servido para crecer, la persona se fortalece de la experiencia y sale con la confianza de reconocerse capacitada para amar y ser amada con dignidad, habiendo utilizado su capacidad de resiliencia.


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