Guadalajara, Jal. Mx., // //
El valor de la introspección.
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El valor de la introspección.

Hace unos días, fui por la mañana a despejar mi mente y  reflexionar un rato al Jardín Japonés en Los Colomos;  hay un espacio que hice mío hace muchos años, donde me gusta sentir como confluyen la energía de las aves, del agua, los peces, las ardillas, las plantas, las personas y la mía.

 

Últimamente había sentido en mi interior esa invitación a retirarme a un lugar donde pudiera estar a solas y disfrutar de la propia capacidad de asombro ante lo que nos ofrece la naturaleza, sonreír, admirar, agradecer, conversar con la extensión de mi ser, recordar momentos gratos, crear nuevos acuerdos, validar acciones, reconocer logros, examinar tareas personales en las diferentes dimensiones en las que me desenvuelvo, como en lo social, familiar, espiritual, laboral… simplemente recapitular.

 

Compruebo una vez más lo importante y necesario que es buscar momentos y lugares para hacer una pausa hacia el autoconocimiento, aunque a veces no nos guste descubrir algunos aspectos personales, como cuándo nos damos cuenta que creíamos ser capaces de controlar nuestros sentimientos y emociones y de pronto las vemos desbordadas fuera de “nuestro control”  de nuestra zona de confort y de ahí pasamos a la zona de crisis, donde surgen desde nuestro niño interior las sanas preguntas de ¿Quién soy? ¿Qué hago aquí? ¿A dónde voy o a donde me dirijo? ¿Soy libre de decidir? ¿Hasta dónde esto tenía que ser así?  ¿En dónde empieza y donde termina mi voluntad?  Entre otras preguntas sin respuesta.

 

Recapitulé que ahí en ese espacio de Los Colomos, he sido capaz de ver la irrealidad, que ahora ya es una realidad, de visualizar y concebir las circunstancias que implican el deseo de saber aprender y desaprender, más aún disfrutar aprendiendo lo que trae el día a día, comprendiendo lo que se vive y sobre todo recomiendo no postergar esos momentos mágicos que nos brinda el  autoconocimiento.

 

Me gustaría concluir con un pensamiento de Pablo Neruda:

 

De la vida no quiero mucho.

Quiero apenas saber que intenté todo lo que quise.

Tuve lo que pude, amé lo que valía la pena

 y perdí apenas lo que nunca fue mío.

                                                                                                

Por la sana locura de ser y hacer.


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